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  • Foto del escritor: Marina Pérez Muraro
    Marina Pérez Muraro
  • 12 jul
  • 4 min de lectura

Sorprendentemente, el domingo se puso hermoso. Estaba convencida de que iba a estar todo el día gris, frío, lluvioso o lloviznoso, y así amaneció, pero al mediodía empezó a despejar y ahora está radiante. Salimos a caminar para aprovechar el “rato” de sol, pensando que duraría poco, pero no, se agrandó y afianzó, y ahora estamos en medio de una tarde divina, soleada, apacible, sin frío (obviamente estamos abrigados) ni viento, tomando un café en la vereda de un bar, el cielo totalmente celeste sin nubes, los rayos del sol bendiciéndonos. A Pablo, enfrente de mí, le iluminan la cara, los hombros, el libro que lee.

Todas las conversaciones ajenas que entrecruzamos hablan de futbol porque estamos en un nuevo mundial, anoche ganó Argentina y quedó entre los cuatro finalistas. Pablo y yo queríamos que perdiera con Cabo Verde, pero no pasó, y ahora no queremos que gane Inglaterra, qué dilema para el “progresista” como dice Simonetti y Cía. Muy bueno el Fingir coherencia del miércoles pasado sobre este tema. Lo mío con Cabo Verde no fue amor de un solo día, sigo escuchando su música.

Estamos a pocos metros de Avenida La Plata, hay ruido de tránsito, no solo autos, cosas más pesadas y ruidosas (colectivos frenando, bocinas, vehículos pesados que no veo porque pasan a mi espalda). También olor a cigarrillo. Dejé el libro que estoy leyendo y me puse a escribir para aprovechar el último ratito disponible del fin de semana, porque cuando volvamos a casa quiero terminar de coser unos almohadones grandes que empezamos a hacer con nuestro viejo colchón (piidos de pájaros). El nuevo colchón, ¡qué maravilla! ¡Qué cambio extraordinario! Un cambio sustantivo, un salto gigantesco en la escala de la comodidad, el mejor cambio en la vida cotidiana de los últimos tiempos, cada noche nos reencontramos con ese alivio y placer, cuesta dejarlo cada mañana. El viejo colchón fue descuartizado y transformado en silloncito pero me falta hacer las fundas. Estamos en el proceso.

Ayer llevé a mi madre a ver “Desde la raíz”, el espectáculo de narración oral de Fogón cuentero, el grupo de mi amiga Viviana. Ayer fue, para mí, la tercera vez que lo vi, y aun así, sabiendo todo lo que van a contar (o tal vez por eso), lloré durante toda la obra, me conmueve muchísimo. Me encantó sacar a pasear a mi vieja, irnos juntas a ver algo teatral y después a charlar con un cafecito, salir del entorno familiar y distraerla, enfocar otros temas al menos por un rato. Está muy absorbida por los cuidados permanentes que demanda mi viejo, me encantó poder apartarla y entretenerla con algo diferente a lo habitual. Ella estaba feliz de salir a pasear, me dijo ¡cuánto hace que no voy al teatro! ¡Cuánto hace que no vengo a Belgrano!

Con Vivi nos encontramos el día anterior, el viernes; hacía semanas que intentábamos vernos y no lo conseguíamos. Como el viernes fue no laborable, me ofrecí a ir a su casa y ella me lo agradeció un montón, ¡como si viviera en el fin del mundo! Estuvo muy lindo, creo que fue la vez que más tiempo nos dedicamos (desde que nos conocimos en 2018 en la Facultad y cursamos juntas); después de hablar de las familias y los trabajos hablamos de lecturas y escrituras; me pareció más íntimo eso que todo lo anterior. Me pidió la dirección del blog pero está claro que no le va a gustar. Hablando de un libro de Clara Obligado dijo algo como “habla de sus cosas, y a mí, ¿qué me importa?”. Es exactamente la pregunta que aniquila mi escritura, todo lo que hago acá no resiste ningún ¿y a mí, qué me importa? de ningún/a lector/a; es precisamente la pregunta que tuve que sortear, surfear, esquivar, ignorar, los primeros años con mis libretas, la duda sobre ¿esto a quién le puede importar como para seguir leyendo?, el cuestionamiento sobre la validez de escribir si puede que a nadie le importe leerme. Por suerte todo eso quedó atrás (creo, qué sé yo, las neurosis solo se aplacan, nunca se curan, capaz que algún día reaparece [un poco reapareció al pasar en limpio esta entrada antes de llegar a esta parte, cuando todo parecía un diario]). Supongo que ayudó inmensamente Pablo, que es un lector voraz, atento, fino, constante, curioso, etc., y disfruta leyéndome, y también asumir que a mí me gusta hacerlo (escribir) y releerme, entonces, con nosotros dos, alcanza. Será endogámico pero me chupa un huevo (¡nena, qué boquita!).

Pasó una pareja joven con un nene chiquito (¿dos años?) quejándose, el padre lo trató súper mal y la madre no reaccionó, me sublevó de tal manera que me quedé atenta a ver qué más hacía, a punto de saltar para intervenir si seguían maltratando al nene. Otras veces que vi escenas así pensé que si interviene alguien externo después cae alguna represalia paterna sobre el infante, pero esta vez no pensé nada, fue un instinto animal, me hubiera metido si le gritaba de nuevo. No pasó más nada, siguieron su camino y yo tuve que tomarme unos minutos para calmarme. Me sorprendió mi reacción.

Las mesas de la vereda tienen (una sí, la otra no) macetas de lata con plantas con flores que parecen malvones pero con un toque diferente; al llegar nos preguntamos con Pablo si serían geranios, Pablo creía que era el nombre español para los malvones pero alguna vez leímos que hay unas mínimas diferencias entre unos y otros. Las hojas de estos del bar parecen menos duras y menos redondeadas y las flores más abiertas… ¡claro, cada corola es un único pétalo cónico! (tres esdrújulas juntas, ¡iupi!) mientas que las de los malvones están formadas por varios pétalos. ¡Descubrí la diferencia! Vive la différence!

Se está poniendo fresquito porque el sol ya no nos toca, levantamos campamento.

12.07.2026  


 
 
 

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