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  • Foto del escritor: Marina Pérez Muraro
    Marina Pérez Muraro
  • 25 jul
  • 5 min de lectura

Noelia nos pidió adelantar la clase de hoy media hora; lo recordé toda la semana, lo hablé con Pablo varias veces, me puse recordatorios en el teléfono, me levanté con tiempo, confirmé el recordatorio de Noelia en el grupo de wasap, pero incomprensiblemente calculé que para llegar a las 10:30 a gimnasia podía salir a las 10:30 de casa. Usted preguntará como es posible, y lo peor es que no es la primera vez que fallo así, es por lo menos la segunda. Lo peor no fue el error sino la conmoción que me provocó descubrir mi error a las 10:27, cuando llegar puntual solo era posible con un DeLorean tuneado, verme atrapada en mi propia trampa innecesaria, absurda, incomprensible una vez descubierta pero hasta entonces invisible. Quedé tan impactada que no pude reaccionar. Objetivamente todavía era posible ponerme las zapatillas y la campera, salir corriendo a buscar un taxi y llegar con suerte 15 o 20 minutos tarde —incluso media hora de gimnasia es mejor que nada— pero no lo pude hacer, tenía tal horror por mi error que me quedé inmovilizada. Le avisé a Noelia y me deprimí.

En paralelo, en simultáneo, asomó el sol y volvió a entrar en mi living después de semanas enteras de nubes grises y lluvia. Me acosté en la alfombra a abrazar mi pena, con ganas de adormecerme y llorar, preguntándome por qué me puse tan mal: ¿cualquier señal de desmemoria y confusión reactiva mi miedo a envejecer como mi padre? ¿Cualquier resquicio de dolor es una grieta por donde se cuelan los dolores olvidados? Me di cuenta de que podía deslizarme hacia el  bajón por un tobogán y preferí saltar hacia arriba, tomarme el error como oportunidad y aprovechar este rato inesperado en casa con sol y silencio para escribir acá como hace tanto que no lo hago (últimamente escribo en bares y paseos con Pablo).

Me hice un mate, todavía nerviosa, no encontraba la bombilla que vengo usando, la última que compré, ¡trastorno! Cuando me altero los tropiezos se encadenan unos a otros. Alerta roja. Dejé de buscarla, agarré otra que había dejado de usar porque se tapaba y acá estoy, tomando mate al sol en mi living, diciéndome que no haber encontrado la bombilla que buscaba me permitió reencontrarme con esta que me gusta y está funcionando bien. Veamos el lado positivo. Me perdí una clase que amo y tanto bien me hace pero gané una mañana conmigo misma como hace tiempo no tenía. Lo escribo, lo sé, pero el malestar no se diluye por completo.

Cerré los ojos. Como el sol me da en la cara, el color que está adentro de mis párpados es un rojo oscuro, naranja extremo, amarronado. El sol atraviesa el ventanal del living (primer vidrio) y mis anteojos (segundo vidrio) antes de bañar mis párpados cerrados. Es increíble el calor que da. Siento caliente el lado derecho de mi cuerpo, el calor se difumina hacia mi lado izquierdo que apenas está tibio. Estoy solo con una remera y apagué la estufa después de semanas de tenerla al máximo todo el tiempo.

¿En qué consiste el malestar? Una opresión en el pecho, neutra, sin nombre ni forma. Le desactivé todos sus tentáculos, cual heroína que se calza escudo y espada para combatir un monstruo marino y cortar sus tentáculos amenazantes uno a uno. ¿Ya se incuba en mí la degeneración neurológica que me dejará demente cuando sea mas vieja? Zas, un sablazo, tentáculo cortado. ¿Se despiertan fantasmas del pasado? Zas, otro sablazo, no a lugar. Solo una nube oscura que flota adentro mío sin poder aferrarse a nada y que trato de disolver con este baño de sol invernal. Me desplazo diez centímetros para recibirlo mejor. Cierro los ojos de nuevo, ahora el color es mas naranja, mas luminoso, por momentos amarillo. Se va disolviendo. El sol todo lo limpia. (Buen nombre para un jabón: Olimpia. ¿Alguien lo habrá usado?)

El sol me da en la cara pero el cielo no está totalmente despejado, a mi derecha hay nubes largas, horizontales y tenues como trazos de tiza en un pizarrón, paralelos entre sí, y justo debajo del sol unas nubecitas gordas y grises… cuando terminé de describirlas desaparecieron.

Con esta luz no puedo ver bien las plantas de mi balcón, el contraste entre luz y sombra es extremo, cada hoja esta descompuesta en formas oscuras y claras. La descomposición me hace pensar en la noción de “dividuo” que aprendí en el último libro que leí, opuesta a “individuo” (muy interesante). Imposible distinguir con mis ojos, en este momento, la forma real de cada hoja en sí misma, lo que veo son formas negras y formas verde claro unas al lado de otras, pero sé que una misma hoja está en parte iluminada y en parte ensombrecida. Así habría que mirar para poder pintar, ¿no? No con el cerebro sino con los ojos, no intentar reconocer en el exterior lo que mi cerebro dice que hay sino intentar reproducir pacientemente, fielmente, las manchas de colores que perciben mis ojos. Algo así me dijo la Negra hace muchísimos años.

Para pintar, todo sirve (aunque tener el sol en la cara, como lo tengo yo ahora, no debe de ser muy conveniente). Para pintar con palabras, se me complica. Por encima de las plantas está la gran mancha plateada del techo del galpón donde el sol acampa. A mi derecha, si giro la cabeza, veo la copa del árbol pequeñajo del jardín, el de hojas verdes y amarillas, cada vez mas grande. También el arbusto de flores fucsias con unas flores blancas entrelazadas que no reconozco y me intrigan hace días. También, por supuesto, el ficus, pero lo que más me llama la atención hoy es el árbol/arbusto verdeamarillo, recibe todo el sol, se mueve dulcemente, parece un animal peludo, como esos perros lanudos y sonrientes. Creció un montón, años atrás era un par de ramas con hojas, ahora es una esfera frondosa.

Noelia me mandó una clase grabada para compensar la que perdí hoy, qué divina. La voy a hacer en cuanto deje de escribir acá. Antes de descubrir mi error horario pasé en limpio la entrada anterior y me di cuenta de que este fue el segundo mundial que mencioné en mis libretas, o sea que hace 4 años ya las estaba escribiendo. En realidad empecé hace 7, en 2020.

El sol sigue entrando en mi living pero ya no me da en la cara. Debería acostarme en la alfombra para captarlo. Está por pasar sobre mi edificio, dejando atrás mi balcón.

Estoy escribiendo con una birome azul. Me salió una letra horrible de entrada, no por la birome sino por mi estado alterado, pero no me importa, parte del “ma’si, se va todo a la mierda” en el que me sumergió mi horror. Ya me calmé, el malestar se disolvió, el mate se lavó y enfrió, el sol me abandona, podría dejar acá y hacer la clase grabada de Noelia.

Además me vendría bien pasar esto en limpio hoy porque es posible que si lo dejo para mas adelante no me entienda la letra de tan mal que escribí. Es una forma curiosa de escribir que hoy exageré o, mejor, no reprimí: hacer los trazos de las letras con tan poco cuidado por el resultado que lo que queda escrito es una aproximación a cada palabra, un recordatorio, una señal mnemotécnica, una pista, un rastro para reencontrarla, pero no la palabra en sí. No siempre las recupero cuando escribo así. Por eso, si quiero conservar lo que escribí hoy, mejor pasar todo en limpio ahora. Lo que pasa es que garabatear así me da mucho placer. Ya lo dije antes acá. Parece que a mayor garabato confuso, mayor el placer manual de mover la birome sobre el papel. Vuelvo a los inicios de todo acá (las libretas). Garabatear, firuletear, hacer volar sobre la hoja un instrumento, hacer aparecer líneas curvas que lo cubren de punta a punta.

El sol está casi sobre el edificio y el cielo se llenó de nubes algodonosas cual rebaños de ovejas amuchadas.

25.07.2026


 
 
 

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