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  • Foto del escritor: Marina Pérez Muraro
    Marina Pérez Muraro
  • 25 jun
  • 3 min de lectura

Escribí esas dos pavaditas y me sentí mejor. Venía de unas semanas de desorientación, cansancio emocional, con la sensación de no poder cuidar nada (nadie) bien y que me faltaba algo (básicamente, tiempo libre). Escribí, publiqué y resintonicé conmigo misma. Me recuperé, no como quien se recupera de una enfermedad sino como quien recupera algo perdido. Una sensación semejante a cuando hago gimnasia o yoga en casa, me hace sentir tan bien que me digo ¡voy a hacer todos los días! pero después, cada día, me comen las obligaciones o la culpa por los deberes inacabados. O como cuando mi hermana me pasó su método-receta para hacer yogur una vez por semana y tener la dosis diaria para siete días, me pareció muy práctico, acepté que me regalara los siete frasquitos, lo hice dos o tres veces convencida de que lo haría siempre y abandoné, naufragué, ahí quedaron los siete frasquitos como siete enanitos abandonados por Blancanieves. Debería escribir por salud, como hacer yoga o gimnasia, comer un yogur casero por día, dormirme temprano, comer sano, dejar el café, el alcohol, la sal, meditar, leer a los clásicos, etc. No, claro que no, la hipérbole superyoica se desarma sola. Nadie quiere convertir un placer en deber. Me dejé llevar por la exageración porque hoy tuve una sensación parecida, la pregunta latente de ¿por qué no me doy tiempo/espacio para hacer esto que me gusta tanto? Hay que robar tiempo de algún lado. Hoy se lo robé al trabajo, estaba todo tranquilo y no me dio culpa. Hay que recuperar la plusvalía escribiendo.

De los propósitos. Como cuando a fin de año imaginamos cómo queremos vivir el año que se inicia, qué cambios queremos hacer en nuestra vida cotidiana. Si todo sale bien, en un mes o dos tendremos la oportunidad de reconfigurar lo cotidiano porque Pablo está por jubilarse. Podremos vernos durante el día de otra manera. Grandes ilusiones.

Empecé a escribir en el living, en el silloncito negro, con la libreta apoyada sobre el libro blanco sobre mis rodillas y ahora me trasladé a la cocina porque estoy hirviendo un zapallo para la cena, así estoy más cerca para vigilar la cocción. El aroma del zapallo inunda cocina y living, me provoca una sensación de frescura, como de fruta más que de hortaliza. Todavía está duro.

Estoy escribiendo con un filgo de punta fina color gris. En el living, con la luz del velador únicamente, la tinta se veía tenue sobre el papel levemente beige. En la cocina hay dos luces encendidas, una en el centro del techo y la otra cerca de las hornallas. Hay más claridad, veo mejor mi letra avanzando sobre el papel. Veo también muy nítida la sombra de mi mano que escribe, la punta del marcador cuando la separo del papel, mis dedos formando un anillo para agarrar el filgo. La sombra de mi mano oscurece el papel pero justo no donde escribo sino más abajo, se va desplazando a la par de la escritura, descubre la superficie a llenar con garabatos al mismo ritmo que aparecen. Es decir, ahora, por ejemplo, que empiezo a escribir en una hoja nueva, casi no hay letras en ella, pero la sombra de la mano se impone, cubre todo. Mágicamente, armoniosamente, a medida que los garabatos avanzan la mano se retira y les deja espacio libre (al campo orégano, ¿cómo era la frase?). ¿Qué es causa de qué? ¿Los garabatos aparecen porque la mano se desplaza, o la sombra se retira porque los garabatos avanzan? ¿Quién lo sabrá?

Tengo ganas de seguir pero le dije a Pablo que iba a verlo para estar juntos un rato antes de la cena. Sigo pronto (¡espero!!).

25.06.2026

(la libreta como objeto mágico / plusvalía familiar)



 
 
 

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