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  • Foto del escritor: Marina Pérez Muraro
    Marina Pérez Muraro
  • 4 jul
  • 5 min de lectura

Actualizado: 10 jul

La última vez que escribí, anoté al margen "la libreta como objeto mágico / plusvalía familiar". Tenía muy claro lo que quería decir, solo era cuestión de agarrar libreta y birome, y creí que podría hacerlo al toque (ese día un poco más tarde, al día siguiente o al otro) pero no fue así, pasó más de una semana, y ahora hay un hiato entre mi anotación y mi estado mental actual, tengo que reconstruir el momento, la inspiración que dejé pasar, tratar de resintonizar con lo que había vislumbrado hace 8 días y tanto me entusiasmó. Recuerdo la idea perfectamente pero no es lo mismo idea, concepto, que disposición para escribir; la idea es argumentativa, es un trabajo, como arar el campo, construir una pared (tareas que nunca hice); la inspiración para escribir es como nadar, danzar, rastrear, descubrir, esculpir, tal vez tejer. Por eso no me lancé de entrada a contar las ideas, necesité sintonizar con la disposición a escribir para abrirme a descubrir sobre la marcha qué quería decir. Siento que no se entiende nada de lo que digo. Para colmo, entre aquella vez y esta, yo estoy peor y el clima también: yo estoy medio chota desde ayer (dolor de garganta, decaimiento físico) y el tiempo está horrible, no solo por el frío (ayer y antes de ayer hizo mucho frío pero el sol estuvo divino) sino por lo nublado, es un día muy gris que aumenta el frío polar. Yo quería escribir con sol, no pudo ser.

Bueno, basta de quejas y lamentos. Estoy emponchada, con un mate, en el living. Sábado, no fui a gimnasia por mi chotez, otra pérdida (¡había dicho basta de lamentos!). El día está muy gris y frío pero no hay viento y todo sigue verde, al menos todo lo que veo desde mi ventana en este ángulo: mi balcón y el gran árbol del jardín; solo se ve marrón un árbol de la calle que asoma por detrás del ficus. En el centro de mi balcón refulgen dos flores rojas de mi malvón. A pesar del frío, todo crece.

La vez pasada escribí sobre lo bien que me hace escribir y la aparente contradicción de que aun sabiendo sus beneficios no lo hago tan seguido como quisiera, cosa que me hizo acordar a que me pasa lo mismo con otras cuestiones que se asocian con la salud, como la alimentación y el ejercicio físico; cosas que sé que hacerlas me hacen bien y tengo toda la intención consciente de hacerlas pero después, en el día a día, en la vida cotidiana (que es todo lo que hay, Laura Wittner dixit), no las hago. Me sentiría una perfecta estúpida si no supiera que es lo más común del mundo, le pasa (creo) a la mayoría (mal de muchos, consuelo de tontos). Cuando encuentro a alguien que se sobrepone a esta dejadez, me resulta admirable. Pero tal vez no le pasa a la mayoría: mi hermana sí hace yogur 1 vez por semana para tener su dosis diaria 7 días, y Coni me dijo que hace 10 minutos de yoga por día (ella se siente mal porque quisiera hacer 30 y solo hace 10, lo que suscitó que yo le dijera "vos te criticás por los 20 minutos que no hacés mientras yo te admiro por los 10 que sí hacés" y ella me respondiera "Gracias! lo voy a imprimir y hacer un póster"). En fin, qué digresión. ¿Dónde estaba?

Dejemos de lado las cantidades. Qué sé yo a cuánta gente le pasa proponerse hacer algo que le hace bien y no hacerlo. Sí sé que me pasa a mí, con muchas cosas (comer mejor, hacer ejercicio, escribir). Tampoco es que no haga nada, sino que me gustaría hacer más. Pensando en por qué me pasa esto, la vez pasada escribí "plusvalía familiar", porque la vez pasada pude escribir porque le dediqué menos tiempo a mi laburo y anoté "hay que recuperar la plusvalía escribiendo" y después vi que muchas veces me falta tiempo porque me dedico a tareas caseras, por eso se me ocurrió lo de "plusvalía familiar", robarle tiempo a las tareas domésticas o familiares (acá se abriría otro tema superyoico: que de todas maneras no le dedico tanto tiempo a las tareas domésticas, de hecho mi casa deja bastante que desear, está hecha una mugre, listo, fin, cerramos el tema sin abrirlo del todo). En fin, no sé si por la chotez propia o del clima de hoy, no logro avanzar. No veo de dónde robar tiempo o plusvalía, qué dejar, cómo organizarme.

"La libreta como objeto mágico", como talismán, amuleto, como objeto encantado de los cuentos de los hermanos Grimm, que te permiten recorrer 7 leguas en un solo paso, saber qué están cocinando todos los del pueblo solo con oler la olla, bailar toda la noche, conocer las respuestas a todas las preguntas, viajar al reino de las hadas, y tantas otras cosas! Me junto con la libreta, me pongo a escribir, y algo pasa, algo mágico, algo que me saca de lo cotidiano, del mundo "natural" y me introduce en el mundo "sobrenatural", algo que expande mis capacidades, mis percepciones, potencialidades; un poco embriagador, como un brebaje mágico que te agranda o empequeñece, una aventura al alcance de la mano, como es un aventura al alcance de los ojos un buen libro o al alcance de los oídos un buen relato. Un objeto mágico como la lámpara de Aladino, porque no basta con portar el objeto (como los anillos de El Señor de los Anillos), hay que hacer algo con él (frotar la lámpara, escribir en la libreta). No porque escribiendo brote "mi" genio, mi genialidad personal, sino porque surge algo que sin objeto no aparece (una charla TED de Elizabeth Gilbert a mi derecha, por favor). Además de la libreta mágica también conozco una persona mágica, o estamos viviendo una relación mágica, porque cada vez que me encuentro con Pablo me pongo de buen humor instantáneamente; no importa cómo haya sido mi día, apenas estoy con él me cambia el ánimo para mejor, todo se aliviana, vuelvo a sentir alegría como en la infancia. Cuánta magia.

En fin, hace un buen rato que estoy acá, todavía no almorzamos, quiero comer y salir a comprar pastillas para la garganta, sería ideal pasar en limpio esto hoy; así es como el tiempo disponible desaparece, pensando en las otras cosas en las que hay que usarlo.

El día sigue igual de gris e inmóvil. Sin luz solar que se desplace, da lo mismo si son las 10 de la mañana o las 4 de la tarde, por la ventana todo se ve igual. Solo el reloj me informa que ya me quedan menos horas antes de que llegue la noche, y el pescado sin vender. Hay que interrumpir el viaje mágico y retornar al mundo natural.

04.07.2026


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