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  • Foto del escritor: Marina Pérez Muraro
    Marina Pérez Muraro
  • 22 may
  • 3 min de lectura

Actualizado: 6 jun

Escribir junto al fuego, que delicia. El fuego, maravilla. Nos escapamos unos días de la ciudad y nos refugiamos en el paraíso, y el paraíso nos hizo un regalo doble: un tiempo soleado y frío, doble porque durante las horas de sol podemos disfrutar abundantemente el exterior y en cuanto anochece disfrutamos esta maravilla: una estufa de leña fácil de encender, que no tira humo, calienta divino y en la puerta tiene un visor que permite ver cómo arden los leños.

Absolutamente hipnótico.

Con una estufa así no hace falta televisor.

Cae la noche, encendemos el fuego, nos instalamos al lado como lores ingleses cada uno con un libro y pasan las horas como si nada.

El fuego es increíble, subyugante; por momentos solo vemos brasas al rojo vivo, después resurgen las llamas, movedizas, bailarinas, abrazan y abrasan los leños con pasión desenfrenada. ¡El calor que dan es tan agradable! No hace falta más nada.

Hoy hicimos una caminata larga, ahora estoy cansada, pero es nuestra anteúltima noche acá, junto al fuego, y tenía muchas ganas de escribir junto al fuego. Todavía no cenamos, tenemos un par de cosas medio hechas para cuando nos dé hambre. Comimos muy bien estos días, todo muy sabroso.

Tenía la ilusión de describir el fuego pero es imposible. Ningún conjunto de palabras puede recrear en la imaginación de quien me leerá lo que yo estoy viendo ahora. Unas formas naranjas intensas que se mueven frenéticamente, unas cavernas rojas, grises y negras que irradian su fuerza, tres llamas amarillas que ondulan y ya se apagan. Se silenciaron las llamas, quedaron solo las ramas en brasas, incandescentes; cada tanto vuela una chispa. Se quebró un tronquito, eso provocó una nueva llamarada, menos frenética, casi azulada. Las chispas salen volando hacia arriba y desaparecen.

Cenamos y volvimos junto al fuego. Pablo lee a Thomas Bernhard. Qué hombre tan hermoso (hablo de Pablo, no de Bernhard). Es tan lindo de ver como un buen fuego. Podría mirarlo eternamente. Y esto me recuerda el poema de Mary Oliver sobre los árboles y el cuerpo amado.

Agregué un tronco a la estufa, inmediatamente las llamas lo abrazaron. Veo el tronco negro, recortado sobre las llamas rojas, en posición vertical, y llamas naranjas a uno y otro lado del tronco, también por debajo de él. Es increíble observar el fuego tan cerca y tan protegidamente. No hay peligro de que se escape una chispa o una llama, la estufa está perfectamente cerrada. Es mejor que un hogar o una salamandra. De verdad parece una tele de las de antes (pantalla cuadrada, objeto cúbico).

Estoy escribiendo con un marcador filgo de punta fina color violeta, con la libreta doblada sobre sí misma y apoyada en mi rodilla derecha. Estamos sentados en sendas islas de madera de respaldo recto y con apoyabrazos; los apoyabrazos les dan un aspecto señorial y, no sé por qué, también (para mi) medieval (tal vez porque son levemente redondeados). La luz es blanca, de lamparita tubular de bajo consumo. Las paredes que tenemos enfrente son blancas excepto un sector de la esquina que se forma en su unión, que está recubierto de piedras grises a la vista. La estufa, negra, está ubicada en esa esquina, en ángulo con ambas paredes, y las piedras grises forman una especie de triángulo curvo que asoma por detrás y se derrama a los costados (me pregunto si su función es de seguridad o solo decorativa). A la derecha de la estufa, en el suelo, hay una canasta de mimbre (“de Caperucita Roja” dijo Elsa) con ramitas pequeñas y, detrás, pedazos de cartón para fabricar la próxima pirámide ígnea con la que empezar el fuego de mañana. A la izquierda de la estufa, contra la pared, la pirámide de troncos finos, medianos y gruesos para mantener el fuego encendido hasta irnos a dormir. Nuestros pies están a 40 o 50 centímetros de la estufa.

El tronco que agregué hace un rato está más delgado. Las llamas, ahora, están sobre él y algunas también lo atraviesan. Se desataron. Parecen la melena inflamada de un león rugiente. Si no estuviera encendida la lámpara, veríamos la luz roja que irradian.

Dejo de escribir y me pongo a leer.

22.05.26



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