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- Marina Pérez Muraro

- 28 dic 2025
- 5 Min. de lectura
Se acaba el año, le quedan tres días y lo que queda de hoy (diría Ishiguro). Es domingo, bajamos al patio del edificio con nuestras sillas plegables, hace un rato que estamos leyendo (Pablo lee a Handke, yo terminé Poquita fe de Robin Myers), hace calor pero soportable, cada tanto hay una bocanada de una brisa muy agradable. Se escuchan pájaros y los pelotazos de un joven que practica, a nuestras espaldas, porque nos sentamos bajo la copa gigantesca del ficus pero mirando hacia la pared del fondo para apoyar los pies en el borde del cantero. El joven futbolista amateur está vestido totalmente de rojo, con las insignias de un equipo de fútbol; me llama la atención tanto despliegue indumentario para unos pelotazos sueltos en un patio trasero urbano. La cuarta ocupante del patio es una vecina que conozco pero cuando la saludo siempre me mira como si no me reconociera; está en silencio, bordando en un bastidor redondo. Hay mosquitos, ya me picaron varios aunque me puse repelente antes de bajar, pero ellos también se mantienen en el límite de lo soportable (calor y mosquitos, mis dos pesadillas veraniegas).
Estuve leyendo y cuando termine levanté la vista y me encontré con las sombras del ficus y los árboles del fondo sobre la pared del ídem, único sector (pequeño) iluminado por el sol. Qué cosa linda de ver. En la maravillosa película que vimos hoy (Valor sentimental de Joachim Trier) la voz en off dice que el personaje que es director del cine opinaba que “en el cine lo más importante son las sombras”. No sé en el cine pero a mí me encantan, sobre todo estas sombras vegetales, movedizas, dibujadas por un sol tardío y clemente. Las de las hojas cercanas a la pared se ven nítidas; las del ficus, dos o tres metros más allá, difusas. Una línea diagonal que sube de izquierda a derecha divide la pared en dos, una mitad más iluminada que la otra; en la mas oscura se difuminan sombra y pared pero no se borran por completo, hay siluetas de troncos y ramas incluso en ese sector agrisado.
Pablo está mi derecha (ahora lee a Gerald Durrell porque hace poco vimos Mi familia y otros animales y nos encantó); frente a Pablo, cerca, está el tronco gordo e imponente del ficus; delante de mí, dos bancos blancos de plaza enfrentados y cuatro árboles de troncos finos pero firmes, ramas hacia lo alto, hojas tiernas y amplias, son las que se ven nítidas contra la pared final. Los pájaros se escuchan muy cercanos y muy de vez en cuando algo cae sobre nosotros (unas bolitas marroncitas —color beige o caqui— que creo que son los frutos del ficus, cosas así). A mi izquierda, contra el fondo y la pared lateral, los dos limoneros pequeñajos; tienen limones verdes aún. Hay más plantas que no describo, sonidos ocasionales, pero no importa. Quiero disfrutar las sombras sobre la pared —mi cine privado— pero la luz solar se aplacó y justo en el mismo momento las ramas se detuvieron.
Un pájaro voló de la copa del ficus a sus pies, panza naranja, gris por arriba, no lo reconozco, ¿será el zorzal que oímos tantas veces? Se lo muestro a Pablo. Caminó fuera de mi vista, se subió el respaldo del banco más lejano, miró hacia arriba estudiando algo, voló hasta una rama del arbol flaquito más a mi derecha y desde allí volvió a partir. Una visita bienvenida e inesperada. Al rato aparecieron dos torcazas, además de verlas escucho sus aleteos. Parece que es la hora de los pájaros, aparecieron varios volando de una rama a otra del ficus. El sol está bajando. Si miro para arriba veo un techo verde cada vez más oscuro.
La película que vimos en Navidad, la del libro de Durrell, nos encantó, es como una fábula, una caricatura simpática de una familia excéntrica y divertida donde todo es liviano y placentero. La película de hoy nos fascinó, tan bella, sensible, honesta, bien filmada, narrada y actuada; nos dejó muy alimentados. Hoy al despertarnos, en el primer abrazo matinal, le dije a Pablo “juntos, no necesito más nada” (siendo realistas, algo de comida y bebida), pero lo cierto es que desde que estamos juntos no solo nos alimentamos mutuamente con nuestro amor sino también con mucha belleza estética, sobre todo literatura y cine, y con los paseos y la naturaleza. Qué hermosa la vida con tanto placer.
Del tronco del ficus nacen dos ramitas nuevas muy bajas, una a pocos centímetros del suelo, la otra a menos de un metro. ¿Cuál será su destino? ¿Morirán por sí mismas? ¿Las podará el jardinero? ¿Crecerán como las demás? Parecen fuera de lugar a esta altura. También descubrí un clavel del aire en el tronco del ficus, a más de 2 metros de altura (calculo).
Callaron los pelotazos y a lo lejos se escuchó el pregón distorsionado de un chatarrero. Hay más pájaros que aparecen entre las plantas. Me pregunto si se asoman porque ya se acostumbraron a nosotros después de tantas horas acá quietos.
Desapareció la bordadora pero ahora en su lugar está su marido, también lo reconozco (él sí me saluda cuando nos cruzamos, después de años, porque descubrimos una conocida en común —amiga suya, compañera de trabajo mía—).
Esta hermoso acá. Da ganas de quedarse hasta que no haya más luz para leer o escribir. Tanta paz. Nuestros domingos desenchufados son la panacea. A veces, los lunes, siento que estoy pagando con acelere laboral el haber disfrutado tan plenamente un domingo, olvidándome del mundo y sus adyacencias, como si estuviera prohibido desconectar así: cuando reconecto, es como si “el mundo” me reprochara “¿dónde estuviste? ¿dónde te habías metido? ¿no ves todo lo que está sin hacer?”. Que “mundo” jodido, ¿no? Habría que ponerle otro nombre porque el “mundo” es también este patio y nuestro refugio mutuo. Podría ser algún mito griego ya que sus metáforas tanto me ayudan a pensar. El primero que se me ocurre es Sísifo, pero Sísifo fue la víctima, tendría que ser el dios que lo condenó, reclamando con voz de trueno, brutal e impiadoso: “¿dónde estuviste, Sísifa, todo el domingo? ¿no ves la piedra que espera que la subas por la pendiente?”. En cierto sentido estoy exagerando, no es tan sisifesca mi vida, me gusta mi trabajo, pero sí siento una demanda casi permanente. Tal vez dentro de unos meses, cuando deje mi segundo laburo, esto mejore.
Me cayó otro frutito caqui sobre el pliegue de mi codo, en el brazo con el que escribo; caen con fuerza, dan un golpecito. Aparece la luna a mi izquierda, casi medio plato (ayer Pablo dijo que parecía una “media pizza” perfecta, hoy está un poco más gordita).
Automáticos, se encendieron los faroles del jardín hace ya rato; a medida que la luz del sol va a desapareciendo, son ellos los que dibujan las sombras de los árboles en la pared del fondo. Reaparecen, grises sobre gris, los troncos largos y finos, las hojas ovaladas dibujadas sobre el lienzo-pared. También el pájaro de panza naranja sobre uno de ellos, aletea y ya se va. La pared tiene tantas marcas del paso del tiempo que parece un cuadro abstracto, podría estar en un museo.
Aguzando la vista, nuevas sombras sutiles se recortan sobre el fondo, sombras que antes el sol no producía. Los faroles retratan todo lo que está entre ellos y la pared mientras que el sol solo iluminaba un fragmento.
Llegué a la mitad del último cuadernillo, voy a dejar acá así me queda medio cuadernillo para la próxima.
28.12.25











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