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  • Foto del escritor: Marina Pérez Muraro
    Marina Pérez Muraro
  • 20 ene
  • 2 Min. de lectura

Actualizado: 18 feb

No puedo dejar de mirar. El día está tan diáfano, el aire tan límpido, que tengo la impresión de que puedo distinguir cada hoja de cada árbol, incluso los más lejanos. El cielo es una cartulina celeste con unos pocos algodones blancos. Por detrás de la casa asoman árboles, cada copa distinta de las otras en forma y color: cónicas, redondeadas, ojivales, deshilachadas, puntiagudas, abigarradas; oscuras, luminosas, casi azules, casi amarillas, amarronadas, etc. El aire es una caricia.

Dos parejas de pájaros, primero una, después la otra, volaron hacia un árbol, ¡cuán grácilmente plegaron sus alas justo antes de posarse en las ramas delgadas más altas! Unos segundos más tarde, salieron volando los cuatro al mismo tiempo. Un benteveo se posó en un árbol cercano, estuvo quieto un ratito, mirando a un lado y a otro y también partió.

Apareció el colibrí en las flores de la bignonia, las exploró una a una, pudimos ver su silueta perfectamente delineada, y partió, veloz, hacia la otra bignonia más alejada de nosotros.

Cuatro o cinco golondrinas (creo) volaron hasta el árbol que nos da sombra conversando ruidosamente. También vuelan mariposas de un lado al otro. Dos pajaritos cruzaron de un arbusto a otro. Pablo me pregunta cómo se llama el árbol donde se habían posado los cuatro pájaros pero no lo sé; él lo bautizó “pájaro de fuego” porque cuando se va el sol, se lo ve dorado.

A nuestras espaldas, sobre las sierras, se forman nubes grises. Se juntan algodones en el firmamento. Los membrillos están cargados de frutos.

El día que llegamos salimos a caminar por la sierra y se nos cruzó un animal tan rápido que solo lo pude ver yo, era grande como un perro grande, solo vi su silueta, y por la forma de la cabeza (orejas, hocico) me pareció un jabalicito pero no sé si hay jabalíes por la zona. Días más tarde, en un nuevo paseo por el mismo camino serrano, nos cruzamos con dos potrillos, uno de ellos se acercó a Pablo cuando lo llamó, nos miró a los ojos con esa mirada profunda, mansa, benévola de los caballos y dejó que lo acariciáramos. Una aparición onírica. Anoche Pablo vio al zorrito que nos había mencionado Elsa. Lo vio sentado en el jardín y cuando Pablo me llamó para que lo viera, el zorrito se dio vuelta hacia Pablo, lo miró a los ojos con sus orejas paradas y salió corriendo. Esta tarde me pareció verlo entre los árboles, una silueta negra paseando tranquila.

20.01.2026


 
 
 

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