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  • Foto del escritor: Marina Pérez Muraro
    Marina Pérez Muraro
  • 16 feb
  • 6 Min. de lectura

Actualizado: 18 feb

Lunes feriado por carnaval, después de desayunar salimos con las bicis, hicimos una primera parada verde en el Parque Centenario, almorzamos en un bar que nos gusta sobre Felipe Vallese y seguimos hasta Plaza Irlanda, donde estamos ahora. El tiempo está muy húmedo, hace calor, pero como está nublado el sol no acribilla y cada tanto sopla una ráfaga de brisa que reconforta. Sorprendentemente parque y plaza están —para lo que suelen estar— “casi vacíos”, hay mucha menos gente que lo habitual. Será por febrero, fin de semana largo, un poco todo.

En el parque nos quedamos bajo un árbol añoso de hojas pequeñas verde claro; se acercaron varios pájaros diferentes a picotear suelo y corteza; el más lindo Pablo lo reconoció como un carpintero real: pintitas blancas en las plumas del lomo, cabeza delineada oscura arriba y clara abajo y en la coronilla un copete rojo. Muy bello.

Al llegar a la plaza lo que me cautivó fueron las flores de los palos borrachos, las copas están cargadísimas de flores fucsias y el suelo bajo ellas también, cada árbol tiene a sus pies una alfombra rosa que refleja su copa. Elegimos justamente un árbol así para instalarnos, su copa es tan grande y está tan cargada de flores, a sus raíces hay otras tantas caídas que llegar a su tronco fue como entrar en una cueva rosada, un ámbito sobrenatural nacarado donde refugiarnos. La luz nublada da a las flores un resplandor tenue muy subyugante. El árbol de al lado (otro palo borracho) también tiene una alfombra de flores propias pero las suyas son pálidamente rosadas y alternan con hojas amarillas, el conjunto es de un tono muy diferente. Con cada ráfaga más flores se suman a la alfombra y las hojas verdes mas pequeñas se mueven como manos que saludan.

Me descalcé, ¡qué placer! Pablo también. Lee Vacío y plenitud de François Cheng. Yo estuve con El danubio en el bar pero ahora escribo.

Aparecieron benteveos, cotorras y otros pájaros que no identifico. Pablo dejó el libro abierto sobre su pierna derecha, entrecruzó sus manos sobre su cintura y cerró los ojos, la cabeza apoyada contra el tronco del árbol, su rodilla derecha extendida, la izquierda flexionada. Apareció un sonido de origen humano muy amplificado, parece música distorsionada de la cual, por la distancia, solo llegan los bajos, a veces el viento también trae una voz que canta. Está demasiado fuerte, es invasiva, contamina el espacio compartido. Como dice Lucrecia Martel, el sonido es aquello de lo que no podemos evadirnos, vivimos inmersos en una pecera de aire que propaga las ondas sonoras, nos envuelven. Con semejante volumen lo siento en mi propio cuerpo.

Delante de nosotros, un poco a la derecha, se sentaron dos chicas con mate, picnic y un perro gris claro que enseguida se acercó a olernos, después volvió con ellas, entusiasmado por algo que le dieron (supongo que comestible pero no entendí qué, solo vi una superficie fina, irregular y marrón), se fue con su botín en la boca como buscando dónde disfrutarlo pero volvió al llamado de su dueña y se sentó a su lado. Se llama Ramón, la dueña le acaricia la panza mientras charla con su amiga, todo es placidez, armonía y amor. Muy diferentes del conjunto perro-humano que me llamó la atención en el Parque Centenario: el perro tenía el ceño fruncido, cara de pocos amigos, la expresión de quien acaba de escuchar un chiste que no le causó ninguna gracia y no entiende por qué los demás se ríen, se quedó todo el tiempo sentado a los pies de su dueño y este, un muchacho joven (considerando joven también la treintena), se pasó todo el tiempo inclinado sobre su celular, sin mirar ni al perro ni a su alrededor. A sus pies vi una pelota de tenis, elemento típico para jugar con un perro, pero ambos (perro y hombre) la ignoraron, además de ignorarse mutuamente. Literalmente no se daban ni pelota.

Detrás de las chicas y Ramón, un grupo de cuatro chicas conversan animadamente, y más allá, siempre hacia mi derecha, una pareja joven ensaya acrobacias. Él la levanta a ella en alguna posición acrobática, se quedan así unos instantes, la baja, hablan un rato sobre otra posible pirueta, y vuelta a subir.

A mi izquierda, justo donde termina la sombra de la copa del árbol bajo el que estamos, hay dos jóvenes varones conversando de pie; en el suelo un bolso, un termo, un estuche de guitarra. Son parecidos en altura, delgadez, pieles doradas por el sol, cabelleras y barbas negras, pantalones cortos, pero uno tiene el torso desnudo y el otro remera azul y gorra roja. Más a mi izquierda, también al sol, una chica muy joven (parece adolescente) lee su celular. Antes la vi en una posición que me hizo pensar que meditaba o escuchaba música con auriculares.

Otra joven se levantó, desapareció de mi vista y volvió a instalarse en el pasto sobre una lona a franjas rojas y blancas, casi en el medio de todo esto pero mas lejos de nosotros.

Pablo hace rato que abrió los ojos (cuando se acercó Ramón, juntos lo vimos buscar dónde instalarse) y retomó su lectura. Salió el sol, también hace un rato, no lo mencioné porque pensé que las nubes volverían a cubrirlo. Mi mano hace sombra sobre la libreta justo donde escribo.

Los acróbatas se retiran, basta por hoy. Caminan lentamente hacia mi izquierda atravesando la plaza. Ya están cada uno con su celular (primero él, unos pasos más allá, ella).

Ramón pasa como una tromba muy cerca de mí, supongo que a saludar a otro perro. Hay varios. Se interesó por uno de su tamaño, negro y blanco, paseando de la correa con su dueña, y volvió a su picnic, a mordisquear esa cosa marrón que le dieron antes.

Ahora hay mas gente en la plaza, nenes jugando a la pelota, familias caminando, jóvenes charlando, una nena pequeña vestida de blanco con patines rosas se desliza decidida, una pareja mayor cada uno con una silla plegable cargada en su espalda como mochila, muchos perros de distintos tamaños y aspectos con sus dueños. Los barbados se saludan con un abrazo efusivo, el de la gorra se va, el que se queda es el del campamento, se sienta sobre una toalla blanca o algo así, él también se descalza.

Pablo volvió a dejar el libro y entrecerrar los ojos. Me pregunto cuánto podrá descansar con esta masa sonora disonante que no deja de cercarnos.

Podría apostar conmigo misma cuánto va a tardar el barbado en agarrar su celular, si antes agarrará el termo o la guitarra. Se llevó la mano al bolsillo, pensé que para agarrar su celu, pero no, sacó un cigarrillo. De momento solo mira pensativo a su alrededor, también entrecierra los ojos de cara al sol, pero parece aburrido. ¿Sacará el celular cuando termine su cigarrillo?

El cielo está celeste con nubes blancas.

Bien, el barbeta está abriendo el estuche, saca su guitarra, lo felicito, prefiere hacer música a mirar su celular, qué alegría. La guitarra es negra o casi negra, brillante, reluce al sol. ¡Ay, no! ¡Agarró el celu! ¡Qué desilusión! Dale, aguantá un poco más, no hay ningún mensaje fundamental (parece que piensa lo mismo que yo, menea la cabeza mientras escrolea su celu). Ah, qué alivio, me parece que lo está usando para afinar su guitarra. ¿Podrá, con este atentado sonoro invadiendo nuestro pedazo de cosmos? Me encantaría expulsar del universo al tarado que lo ocasiona.

El barbado rasguea pero no logro escucharlo. Al rato se cansa, deja la guitarra, se pone anteojos de sol y no sé por qué recuerdo Cinema verité de Serú Girán (…anteojos negros de carey…). Noto que él está solo y la chica sobre la lona roja y blanca también, los únicos solitarios dentro de mi campo visual, y me pregunto si se percibieron mutuamente, cuán pendientes están uno del otro aunque parezcan ignorarse. Ella tampoco usa el celu, se acomoda, cambia de posición, no la veo relajada. Él hace tantos movimientos que parece difícil no pensar que es muy consciente de que puede ser observado. Sigo recordando la canción de Charly García, preguntándome cuánto se podría aplicar a lo que estoy mirando o si el vínculo entre ambos está solo en mi imaginación… (yo nací para mirar lo que pocos quieren ver… )

Ella habla por teléfono con alguien y pocos minutos después aparece una amiga suya, se ríen a carcajadas (imaginé que la llamada era para orientar a su amiga sobre cómo encontrarla y las risas por algún despiste de la recién llegada). Son parecidas entre sí, delgadas, cabelleras lacias, oscuras, muy largas, pieles pálidas sin broncear, musculosas negras y shorts muy cortos. Se ponen a conversar animadamente, mate va, mate viene, y pondría la mano en el fuego por que la que llegó primero le mencionó a su amiga la presencia del barbado porque la recién llegada se da vuelta para echarle un vistazo por sobre su hombro, justo cuando él esta haciendo unos movimientos peculiares con sus brazos alrededor de su cabeza, como si sirvieran para descontracturarse. Si no hubiera aparecido la segunda muchacha, ¿se habría acercado a la primera? Nunca lo sabré.

16.02.2026


 
 
 

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