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- Marina Pérez Muraro

- 29 mar
- 4 Min. de lectura
Actualizado: 30 mar
Estaba caminando por la calle, antes de cenar, de noche, sin rumbo ni destino, solo por caminar, por sentir en mi cuerpo el placer de la caminata, dispuesta a ir tan lejos como me dejaran las ganas y el cansancio teniendo en cuenta el regreso. Las calles estaban tranquilas, caminé varias cuadras, me crucé con algunas personas, cuando pensé que no le había avisado a mi vieja que había salido de casa y que, si me buscaba, no iba a saber dónde estaba, así que metí la mano en el bolsillo de mi abrigo buscando el celular para llamarla y lo que apareció en mi mano no fue el celular actual (táctil, como el anterior y el anterior) sino un Nokia chiquito, azul, “de botonera”, parecido al que tenía hace más de 10 años. Lo usé, algo marqué, vi las letras negras características en el mini display amarillento, pero no entendía cómo había aparecido un Nokia en mi bolsillo en vez de mi celular actual, al que buscaba en mis bolsillos sin encontrarlo. Más tarde, conversando con alguien en un bar, hablé del tema, todavía asombrada, y más que asombrada, inquieta: ¿cómo había llegado un Nokia hasta mi bolsillo? ¿Quién lo había puesto ahí? ¿Dónde estaba mi celular? Era desconcertante —y también frustrante— no tener respuestas, no poder imaginar ninguna explicación; escéptica, dije: “la única explicación es que TODO ESTO (hice un gesto circular con la mano, con el Nokia azul en la mano, abarcando nuestra mesa, el bar, la gente, la ciudad, el universo) que TODO ESTO sea un sueño" (pero si la realidad es un sueño, ¿qué queda?) y seguimos conversando, ya no recuerdo de qué. Recién cuando abrí los ojos y vi mi habitación en penumbra y reconocí mi cuerpo horizontal en la cama descubrí que sí, era un sueño; un sueño que nunca se dio a conocer como tal, en el cual nunca sospeché (como sí me pasó tantas otras veces) que lo extraño era producto de mi dormir, un sueño donde lo mas unheimlich había sido mi conciencia, tan semejante a la vigilia que no reconoció las señales oníricas (que hace más de la mitad de mi vida que no vivo con mi madre, que llevaba puesto el abrigo gris de corte recto y bolsillos cuadrados que tanto amé y usé hasta el hartazgo en los 90, que tenia puesto un pulóver que llegaba hasta el comienzo de mis muslos pero mis piernas estaban desnudas, que en mi bolsillo había un Nokia imposible). Lo más inquietante fue estar en la realidad y sospechar que no existe, que despertar no era una opción porque equivalía al vacío.
Y ahora, aunque hace mucho que no escribo y me encantaría seguir, hago una pausa porque Pablo está preparando el desayuno (anoté esto en la cama antes de levantarme, buena idea haber dejado a mano la libreta).
Cómo un domingo lluvioso se convierte en un domingo soleado y nuestro plan de quedarnos en casa y ver películas queda desactualizado, pierde fundamento; no se disuelve pero requiere una dosis extra de voluntad ante la falta de justificación climática. De momento Pablo esta haciendo el almuerzo y yo aprovecho para escribir; toda definición interior+cine o exterior+paseo queda postergada hasta la sobremesa. En el medio entre mi registro del sueño y ahora desayunamos, leímos juntos, el cielo pasó del blanco tiza al celeste pálido, los árboles se iluminaron de luz solar, sus copas se aquietaron y reaparecieron los pájaros. En el patio, el gran charco que se forma en el declive del suelo de cemento cuando llueve refleja cielo y plantas en una superficie vibrante y temblorosa.
Un mes y medio sin escribir, qué desastre. Poco tiempo libre entre trabajos, familia, etc. El mundo se fue todavía más a la mierda en este mes y medio. ¿Qué se puede hacer salvo ver películas? dijo el gran Charly García hace mucho. La última vez que escribí recordé Cinema verité y eso me llevó a volver a escuchar Serú Girán, La máquina de hacer pájaros, etc. Qué maravilla de música, ¡me hizo tan bien! Serú Girán me dio ganas de cantar a los gritos. Y me trajo montones de sensaciones de cuando los escuchaba a cada rato, justo en marzo, cuando se cumplieron 50 años del golpe del 76, conmemoración que me tuvo conmovida, hipermovilizada. En el grupo de wasap de ex compañeras de la primaria intercambiamos recuerdos imprecisos (una recuerda a los milicos en la terraza mostrándonos los cargadores de sus armas, yo los recuerdo en la puerta cuando salíamos, otras no los recordaban). A veces los recuerdos son como este charco que veo a mis pies, una imagen fragmentada e incompleta sobre una superficie fluctuante.
Empezó el otoño, llegaron las lluvias pero no el frío. Estoy sentada en una silla plegable al lado de la puerta de vidrio que da al jardín, si giro la cabeza hacia la derecha veo el charco, el árbol y unas nubecitas blancas arriba de él sobre el cielo celeste, unos trazos blancos horizontales y algodonosos que se alejan hacia abajo, cada vez más ocultos por la copa del ficus.
Acabo de empezar el segundo cuadernillo de esta libreta (tiene 6 en total). Por lo general la uso plegada sobre sí misma, es mas fácil de agarrar cuando escribo sin apoyarla en una mesa. Y Pablo llamó a comer, ya está el almuerzo. Dejo acá, con la sensación de no haber atrapado nada, solo haber calentado un rato los motores como quien enciende el auto inmóvil para evitar que la batería se descargue por completo. Otra vez será.
29.03.26




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