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  • Foto del escritor: Marina Pérez Muraro
    Marina Pérez Muraro
  • 1 ene
  • 4 Min. de lectura

Actualizado: 18 feb

1 de enero de 2026. Jueves. Los últimos tres días del 2025 hizo un calor monstruoso, inhumano; por suerte apenas empezó el año vino un viento fresco y el mundo volvió a ser habitable. Aprovechamos el feriado y el clima amigable y salimos en bici, a la tarde; llegamos  al Parque Avellaneda y acá estamos ahora. Hace mucho que yo no salía en bici —por el calor,  pinchaduras— (Pablo la usa todos los días para ir al laburo);  a pesar de eso hice bien el viaje gracias a las sentadillas de Noelia, que nos mantiene en forma todos los sábados ( “nos” a mí y a mis compañeras de gimnasia, no a Pablo y a mí).

No sé cuánto duraremos acá porque está bajando el sol. De momento Pablo se puso a leer y yo aprovecho para escribir. Estamos en el pasto, bajo un gran árbol protector con hojas agujereadas no sabemos por qué o quién —conjeturamos varias hipótesis ninguna verificada—,  Pablo acostado en el suelo, yo sentada transversalmente, mi cintura contra sus costillas, mis piernas estiradas, mi rodilla derecha cruzada sobre la izquierda y sobre ellas la libreta en equilibrio precario sobre un libro pequeño, la mano izquierda de Pablo laxamente sobre mi panza, mi antebrazo izquierdo sobre su muñeca; este punto de apoyo ayuda a mi mano izquierda a sostener con mas firmeza la libreta, proporciona estabilidad al sistema libro-rodilla, sin esta mano ahí no podría escribir. Escribo con un marcador filgo de punta fina color violeta, la letra sale bastante mal.

Quedan unos pocos rayos de sol filtrados entre los árboles, cayendo en diagonal. Hasta hace pocos minutos todavía doraban lo que tocaban (árboles, pastos, personas), ahora son tan débiles que apenas hacen una diferencia de color entre donde están y donde no. Delante de nosotros, un poquito a la izquierda, hay un joven que ya estaba cuando llegamos, delgado, con short rojo y musculosa gris, el pelo largo sujetado sobre su coronilla, sentado en un objeto que ya vi en alguna otra plaza y me parece muy ingenioso: parece un almohadón cuadrado con respaldo, con un sector opuesto al almohadón que debe de ser lo que permite  que el respaldo se mantenga erguido. Debe de ser plegable, por lo menos el asiento, muy liviano y fácil de transportar y súper práctico para estar sentado cómodo en el pasto. Muy ingenioso. Más allá hay unos jóvenes con mate, pelota y un perro hermoso que quiere jugar todo el tiempo. Hay mucho más perros y personas, por supuesto: hoy es un día para disfrutar un lugar así. Gran algarabía de cotorras desde que llegamos y, desde hace unos minutos, tambores lejanos. Muchos ciclistas de distintas edades, solos o en familia. Muchos picnics en el pasto, gente conversando en los bancos o caminando.

Se encendieron las luces de la calesita que está cerca de la entrada del parque. Ya casi no hay rayos de sol. Una zona difusa de pastos cercanos tiene una claridad sugerente, como de brotes nuevos y frescos, parecen los únicos que todavía conservan luz solar en sus cuerpitos. Es muy tenue y se va acercando hasta mis pies. ¿Cuanto más durará?

No creo que nosotros duremos mucho más en el parque, porque conozco a Pablo, debe de estar deseando un café. Está leyendo a Gerald Durrell, consecuencia del entusiasmo que nos produjo la película Mi familia y otros animales. Se puso los anteojos y ahora su mano izquierda está sobre mi hombro izquierdo. Pero debe de estar esperando que yo dé la señal de partida.

Hablando de durar, a esta libreta le quedan solo dos hojitas: ideal terminarla hoy. Algunas cosas empiezan (como el año) y otras terminan (como esta libreta), algunas cosas duran (como el sol y las estrellas;  no son eternas pero para nuestras vidas humanas eso parecen) y otras mutan (como nuestros cuerpos y nuestros sueños). Y me acordé de una frase del final de “Sombras sobre vidrio esmerilado” de Saer que tanto me gusta (...Pero lo que tiene un núcleo sólido —piedra, o hueso, algo compacto y tejido apretadamente, que pueda pulirse o modificarse con un ritmo diferente al ritmo de lo que pertenece a la muerte— no puede morir...).

Flexioné las rodillas y ahora escribo con la libreta apoyada sobre ambas, la mano de Pablo sobre mi muslo izquierdo. No soy buena en esta posición, siento tironeos en mis caderas. Y un tironeo interno entre el impulso prudente de levantar campamento y emprender el regreso a casa y el deseo de seguir acá disfrutando de los árboles, el fresco vegetal, y terminar la libreta. Hay —no los mencioné antes— diversidad de insectos diminutos que caminan por piernas, brazos y libreta, pero no me picó ninguno, tampoco ningún mosquito, no sé si porque no los hay o porque me puse repelente antes de salir de casa. Las cotorras callan por momentos y luego comienzan su concierto, al igual que los tambores.

El joven de los almohadones naranjas con respaldo levantó campamento y pude ver 1) que se pliegan como yo pensaba y 2) que no era tan joven. Tenía dos asientos y estuvo todo el tiempo solo: o esperaba a alguien que no vino o vino con alguien que se fue antes que él (o trajo dos porque sí, por algún motivo que no puedo imaginar, limitación mía, no de él).

Y ya estoy en la última hoja de la libreta, del otro lado solo queda el papel rojo del reverso de contratapa. Llegó el momento de la despedida. La empecé en marzo del 2025, casi todo un año juntas, y, veo ahora, con el mismo marcador con el que la termino. No recuerdo muy bien qué fue lo más saliente de nuestra relación; tal vez que la mayor parte de las veces (o todas) escribí junto a Pablo y que mientras la llenaba decidí publicar las primeras 10 libretas.

Ya solo queda disponible el papel rojo, así que dejo acá. Muchas gracias, libreta 11,  por todos estos meses juntas. Sigo en la próxima.

1.1. 2026



 
 
 

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