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  • Foto del escritor: Marina Pérez Muraro
    Marina Pérez Muraro
  • 18 ene
  • 2 Min. de lectura

Actualizado: 18 feb

Llueve en el paraíso, cada vez con más fuerza. Cuando nos despertamos estaba nublado; pensamos salir igual pero el cielo se fue agrisando más y más, y antes de poner el primer pie fuera de la casa empezaron a caer las primeras gotas. Nos quedamos leyendo en el “jardín de invierno”, una especie de galería cuadrada, pequeña y con grandes ventanales, un cubo con dos de sus lados transparentes casi en su totalidad, solo es de piedra el metro inferior. Las gotas espaciadas y lentas se fueron adensando, imparables, un suave manto blanquecino diluye los árboles lejanos, el sonido minúsculo y leve fue creciendo en intensidad, pequeño concierto natural que ahora dejé de escuchar porque Pablo puso música (una versión desconocida para mí de “Love minus zero” rápida como una cabalgata). Donde más se ve la lluvia es en el borde del techo acanalado, las gotas forman líneas blancas intermitentes, discontinuas, que desaparecen antes de llegar al suelo; no en el techo del cubo de vidrio que es mi puesto de observación sino en el techo del lateral de la casa que forma un ángulo recto con él, a mi izquierda: una pared de ladrillos blancos con tres ventanas con arcos semicirculares en su lado superior y un gran cantero a sus pies, ahora verde pero sin flores. En los otros lados de la casa la lluvia no cae así, es recogida por canaletas que desaguan en cántaros gigantescos para aprovechar el agua de lluvia y usarla para regar en días secos.

En la esquina de la casa sí hay flores; hay una bignonia trepada a un poste que forma un arco recto como de fútbol que para mí tiene un aire japonés. Supongo que la idea es que la bignonia lo cubra por completo, por ahora cubrió un poco más de la mitad del poste horizontal. Sus flores-trompetas, de un naranja intenso, casi rojo, atraen colibríes, vimos uno varias veces, pero hoy no vendrá mientras llueva (supongo). Más allá, asoma un trozo azul de la pileta y el tilo majestuoso, imponente, rey indiscutido, protector generoso. Ayer almorzamos dentro de su copa, aislados del calor hasta que nos animamos a meternos en la pileta, con el agua bien cálida gracias al sol de todo el día. Qué bueno que decidimos hacer el asadito ayer y no lo dejamos para hoy. Ayer, en la pileta, el cielo estaba tan celeste y limpio como la pelopincho; hoy, desde que despertamos, totalmente gris. Todos los verdes están limpios y las ramas apenas se balancean, como si las moviera la lluvia más que cualquier brisa hipotética.

Pablo está cocinando, huelo la cebolla rehogada y me da hambre.

Ayer descubrí una rama con hojas rojas en una planta que por lo demás esta muy verde; tiene la rama roja, otra en transición del verde al rojo y el resto bien verde. Un precursor del otoño, tímido pero decidido. Un adelantado a su época.

Sigue lloviendo con intensidad, un repiqueteo continuo e insistente. Me da mucha paz.

18.01.2026


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