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  • Foto del escritor: Marina Pérez Muraro
    Marina Pérez Muraro
  • 16 ene
  • 5 Min. de lectura

Actualizado: 18 feb

Inauguro la libreta 12, la primera que hice con el sistema de “costura larga” como conté en 64. Tiene muchas páginas así que supongo que vamos a estar juntas mucho tiempo; más todavía porque mi ritmo de escritura actual es muy espaciado. Mejor, porque cuando la agarré, descubrí que es la última que me queda hecha por mí (tengo dos libretas finitas y con tamaños diversos que me regaló Natalia hechas por ella, y una de papel artesanal y muy pocas hojas que tengo guardada desde hace muchísimo, pero no me queda ninguna otra hecha por mí. Me tengo que poner a producir).

Inauguro la libreta en el paraíso terrenal, la casa de nuestros amigos donde pasamos las minivacaciones otoñales el año pasado (147) pero ahora es verano. Como llovió mucho antes de nuestra llegada (y también el día que llegamos) todo está esplendorosamente verde, lleno de flores y frutos. El clima se está portando muy bien, está súper agradable; ahora mismo soleado con algunas nubes y una brisa fresca ocasional. Estamos en el jardín, bajo la sombra de los árboles, Pablo lee y yo escribo. Estamos sentados en unas sillas de jardín plegables, yo apoyo la libreta sobre el libro que empecé a leer hoy, y me está costando agarrarle la mano. Como es muy gorda, cuando escribo sobre el lado derecho, el toco de hojas en blanco es muy alto; puedo escribir bien hasta la mitad de la página, pero de la mitad para abajo mi mano queda en el aire. Y cuando escribo del lado izquierdo tengo que hacer grandes ajustes para que la hoja se apoye sobre algo firme (el libro que está debajo de la libreta). Me hace acordar a los acomodamientos iniciales con la libreta 5 (lógico, porque esta la fabriqué a semejanza de aquella). Ya nos vamos a entender. Recuerdo que con la 5 todo fue mejor cuando descubrí que se podía doblar por completo sobre sí misma. Así que pruebo eso con la 12, abrir la libreta en 360°, que sus tapas queden pegadas una a la otra con los cuadernillos al aire, y efectivamente va mejor (lo digo escribiendo sobre el lado izquierdo) aunque implica “desperdiciar” (dejar sin escribir) un sector de papel bastante ancho junto al lomo. Y bue, todo no se puede.

Estoy escribiendo con una birome azul común y silvestre. Quise inaugurarla con un marcador verde para hacer honor al verde que nos rodea pero no tenía tinta (lo traje al pedo de Buenos Aires, eso me pasa por no probarlo antes de salir). En fin…

Ahora, sobre el lado derecho, de momento el más gordo, con la libreta abierta así puedo escribir más cerca del lomo que en el lado izquierdo. No desperdicio nada.

Desde acá, la vista es hermosa. Vemos el gran tilo protector que es como el rey del jardín, la parte de atrás de la casa, un lateral, el jardín posterior, los arboles mas allá y la pelopincho llena de agua reflejando el sol. La brisa viene de detrás de mi espalda. El cielo celeste tiene nubecitas de dibujo infantil. Nos rodean los verdes y la sinfonía de pájaros.

En estos días leí Un destino común, un libro que recopila intervenciones públicas de Lucrecia Martel que me regaló Pablo para mi cumpleaños. Años atrás vi en YouTube la conferencia que abre este libro y me impactó muchísimo, también sus películas. El libro me fascinó, es brillante, genial. Le fui leyendo partes a Pablo mientras lo leía y como se copó como yo y él no había visto sus películas, las miramos juntos en los últimos días. Así que estoy impregnada por ella, “lucreciamartelizada”. Cosa que no trae ninguna consecuencia visible en mi propia obra ni en mi vida, pero es un estado de fertilización espiritual muy agradable. Es muy estimulante escuchar a alguien que dice algo tan propio. Estamos muy copados.

Pablo sacó los plásticos que cubren la pileta para darnos un chapuzón, ahora el agua reverbera agitada. Dice que hay muchas abejas alrededor. Dudó pero se metió igual. Dejo para ir yo también.

Sigo escribiendo después del chapuzón. El agua estaba divina. Después de refrescarnos limpiamos la pileta, le pusimos cloro y volvimos a extender los plásticos sobre ella. Me volví a sentar donde estaba antes pero un metro más a la izquierda para que no me dé el sol (aunque ya son las seis de la tarde). Una mariposa naranja revoloteó un rato largo cerca de nuestros pies hasta posarse en una hoja seca que sobresale en el suelo. Fue suavizando su aleteo y ahí está todavía, por momentos inmóvil, por momentos de nuevo aleteando como si aplaudiera lentamente. Cuando la miraba aquietarse después de tanto aleteo, el movimiento de sus alas me hizo pensar en el ritmo respiratorio de quien, agitado por un esfuerzo, busca recuperar el resuello. Tanto ella como la hoja seca sobre la que descansa están iluminadas por el sol, que las transparenta e iguala; pero la hoja no se mueve y la mariposa, cada tanto, sí. Recordé la vez en que creí presenciar la muerte de una mariposa en el patio de casa (107) pero finalmente sobrevivió. La que está ahora a un metro de mis pies no sé cómo se siente. ¿Sólo quiere descansar? Se levantó una ráfaga más fuerte y la hoja seca se elevó temblequeante.

El pie de Pablo, descalzo, descubrió una piedra grande, rugosa, calentada por el sol y Pablo fue feliz. Lee al sol con el pie derecho sobre la piedra del placer.

Alrededor de la mariposa hay brotes verdes iluminados por el sol. Amo este color. Se oyen muchos pájaros diferentes, todavía no aprendí a distinguir sus cantos (me encantaría). Siento el calor del sol en una porción de mi pantorrilla derecha, lo único que no está protegido por las ramas del árbol bajo el que nos encontramos. Su tronco es gigantesco, supongo que es muy antiguo, como otros tantos árboles del terreno (el tilo, por ejemplo, es el tilo mas alto que vi en mi vida).

Ahora sí la mariposa dejó de aletear. Desde donde estoy, no entiendo en qué posición quedaron sus alas, pero no quiero acercarme por miedo a espantarla. Pasó otra volando mas allá. Aparecieron en el aire unos bichitos minúsculos, puntitos amarillos que se mueven caóticamente delante de mis ojos. La mariposa no volvió a moverse. Escucho graznidos y un benteveo, chillidos como de viejas chismosas, gorjeos. Desaparece el sol detrás de alguna nube, las hojas no resplandecen con sus rayos. La brisa es más fresca. La mariposa sigue inmóvil. Tendría que levantarme y comprobar si sigue ahí o se fue sin que me diera cuenta y solo quedó la hoja.

Me acerqué. Sigue ahí, con las alas pegadas, inmóvil; parece que hubiera cambiado de color, ya no es naranja sino marrón (pero ya vi otras que si cierran sus alas se camuflan perfectamente con las hojas secas). Como me acerqué sigilosamente, medio agachada, Pablo se rio de mi actitud, así que le expliqué “hay una mariposa ahí”. Reaparecieron los rayos solares. No creo que resuelva hoy el misterio de la mariposa (¿está agonizando o descansando?). Nos queda definir si subimos a ver la puesta de sol o bajamos a comprar cerveza.

16.01.2026


 
 
 

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